miércoles, 12 de octubre de 2011

Papel de regalo



Cuando un gato muere es porque dios se ha cansado de matar hombres.



Sofía se levantó de la cama y caminó en bragas hasta el cuarto de baño donde por fin pudo asearse hasta más no poder, el dentífrico quedó totalmente vacío luego de cepillar sus dientes una y otra y otra y otra vez, recordaba ese falo nauseabundo que tuvo que lamer y tragar, recordaba con los ojos totalmente inundados aquel tenebroso paisaje donde ese hombre que tanto había amado eyaculaba dentro de su boca... matarme pudo ser mejor -pensó.

Al adentrarse en las interminables calles y cubierta con ese inquietante perfume de ciudad, al entrometerse dentro de ese funeral matutino iba olvidándose de ella, iba sociabilizándose con todo eso que detestaba. Se había puesto un vestido floreado que le caía hasta las rodillas, los hombros descubiertos y un ligero escote que los botones no dejaban ver totalmente. Los taxistas avezados le regalaban uno que otro piropo que sobrepasaba los límites para una dama, los trabajadores en la construcción de la calle seis se quitaban los cascos para que ella pasara con la prisa que se debía tener al pasar por ahí.

Dos horas de largo andar realizó hasta que llegó a la plazuela de San Simón, ahí estaba el Café La tour donde cada martes iba por café y tostadas cubiertas con margarina y queso fundido, la recibió el mismo camarero de cada martes, Señorita Sofía buenos días saludó el señor mientras ella se sentaba sin mirarlo. -Quiero un jugo de naranja sin azúcar y un croissant. Extrañado el camarero fue sin demorar más, notó que no era necesario ir más allá con preguntas que ella no iba ni quería contestar tal vez. Seis minutos más tarde llegó lo que la muchacha había pedido para que sobre la mesa adornen la mañana entera sin ser tocados.

El camarero no volvió a preguntar luego de haber interrumpido el silencio de la muchacha unas cinco veces, era mejor para ella estar en su mundo si no quería siquiera terminar su desayuno, sus ojos estaban totalmente idos, su boca entreabierta daba la impresión de que iba a decir algo pero no, no hablaría nada aquella mañana, sus manos sobre la mesa iban de rato en rato a sus cabellos, donde les daba un ligero tirón sacudiendo la cabeza con ese amargo en los labios.

En su mente pasaban los días sin la madre que nunca quiso, con aquel padre que la abrazó en cada momento que ella algo necesitaba, ese mismo padre que el día anterior hizo con su semen de su boca un nido.

Los gritos en la casa
los vasos rotos en la pared
las botellas de whiskey interminables
las gaviotas muertas en la mar
el frío de la ciudad
el novio infiel
la navaja sin filo
las cartas de tía Rosa
la tele inservible
el pan duro de las mañanas
el aborto de su primer embarazo
el aborto de su segundo embarazo
el aborto de su tercer embarazo
el humo del hachís
la dulce cocaína
el verbo impronunciable
el padre que hizo de su vientre un nido...

Sacó de su bolsillo un billete de veinte y lo dejó sobre la mesa levantándose después para caminar de regreso por donde había venido. Su rostro volaba dentro de sí, caminaba sin mirar y chocaba con los transeúntes que se limitaban a pedir disculpas o decirle -espabila muchacha. Llegó al fin a la casa del horror interminable, se adentró en ese conjuro pobre y seco, fue hasta el cuarto donde su padre tantas veces la ofendió y en el cajón donde dormían las medias alguna vez estaba el arma que ella tomó con ambas manos, se dirigió al cuarto en el cual encerraba sus gritos cuando quería olvidarse de todo y donde también ese padre la ofendió, se sentó en la cabecera de la cama y con el arma apuntó su rostro regalándose la más sublime caricia que su cuerpo había recibido jamás...

Miércoles, jueves, y viernes fue cuando llegó el padre luego de haber devorado cuatro botellas de whiskey, gritó el nombre de Sofía unas cuantas veces como para cansarse, primero fue a su habitación y en ella no estaba Sofía, luego fue al cuarto donde pensaba echarse un polvo con ella y encontró, la borrascosa cara manchada con rojo y negro de su hija, el padre se limitó a sonreír y luego de eso, se lanzó en la cama levantándole el vestido y destrozándole las bragas, fue entonces que escribió su último poema, eyaculando tres veces en la muchacha, y cuando todo parecía haberse terminado, penetro la hendidura que hizo la bala y diciendo esto culminó: ¿Por qué los gatos son más dulces que tú?

Dos semanas después el hedor en la calle era intolerable, allanaron los oficiales de la ciudad la casa encontrándose con un cruel espectáculo, la muchacha totalmente mutilada y regada por la habitación, el padre sentado en una esquina miraba como entraban los que le apuntaban con un arma mientras gritaban que levantara las manos, sólo quería envolverla con esto decía, hacía frío y sólo quería cubrirla con esto decía... ¡¿Señor es un arma?! Preguntó el oficial de menor rango, ¡no muchacho!, sólo es papel de regalo, sólo es papel de regalo...

La casa sin gritos
la pared recién pintada
las botellas de whiskey en el bar
la mar y sus gaviotas
la ciudad en verano
el novio intentando llorar
la navaja en el cajón
tía Rosa triste
la tele apagada
las tostadas con margarina y queso fundido
un niño corriendo en el jardín
dos niños jugando en el salón
tres niños mirando el cajón donde Sofía dormía
el humo del incienso canela
la dulce rosa blanca
vivir como verbo
el padre en el cajón de al lado...


miércoles, 7 de septiembre de 2011

Las hembras del mal



Nunca fui en nada el mejor, tampoco he sido un gran amante; más de una lo querrá atestiguar...

Nacho Vegas




A una dama que tenía un ojo.

Dentro de una ciudad sin paisaje
donde el agua se olvida de la sed y no acaricia
purpurea herida a mitad de tu rostro
y si fueras al sitio donde dios ardió como esa que se llamaba Juana
sabrías pues, que no se puede respirar cuando de mi aliento renace el azufre.

Son duros cual falos de diablo tus quejidos
haciendo de tu cicatriz la envidia por algo más bello
ay, desdeñosos labios los tuyos y tus piojos
que arañan con sus picos asquerosos mis dudas
ay, escuetos orgasmos los tuyos y tus piojos
que arden en mi pubis maloliente con esa objeción desagradecida mal llamada amor.

Gris reseña que tu tacto remueve, gris como mi boca dentro de tu baja boca.

Renegué cuando de tu alma no toqué
el hueso que en la penumbra se me esfumaba
ay, dios no vea mi alma oscura
ay, dios no niegue mi alma oscura.
¡Sí!, he llegado a la coraza de tu himen.

Ahí parada estabas, desnuda esperando a por mí
me detuve como el mundo ante la fuerza de tu hoyo
y cuando rojas se hicieron mis uñas
parí Leteos dantescos y una abadía fue tu ojo inservible
y en tu ojo inservible mi semen se hizo eterno.

La ciudad abre sus catedrales y de todas ellas niños enardecidos follan
con sus manos tocando lo que vuestra idea consume
y meneando el menudo cuello me hallo
ay de mí si mi dios me ve
ay de ti si tu dios me ve.

Hermosa como la luna muerta en el oscuro jardín
duermes tendida y abierta de piernas
gusanos que me pertenecen hacen de tu exuberante ojo tieso
lugares propicios para mi pulgar.

Decís: Folladme como a una puta porque una puta he sido
folladme con premuras y dolores y ardores pero sin eso
sin eso que todos llaman amor.



A la dama que esperaba en una esquina.

Esperáis,
como los cuervos entre ellos
y cuando de tu mano brota la caricia
es porque la otra es Judas pero ésta
no se colgará del madero con raíz.

Miráis,
la carne que anda y se viste con estropajos
crápulas que adoran de tu cuerpo ese vacío enfermo
que llenarán todos ellos sin cavilar
con eso blanquecino como el alma de un ángel.

Juráis,
que dios perdonará e indultará
al costal roído que encierra tu alma
haciendo una momia de tu cuerpo
tan barnizado con el espesor de mi falo
así hasta que también tú te vistas de ángel.

Ay mujer,
que si tu nombre me dijeras
que si tu nombre me dijeras...


A la dama que conocí en un bar.

Sentada como quien nada espera
humo de tabaco en los cabellos
humo de tabaco en los ojos.

Sepa Usted me dijo
que si a mi lado se sienta
haré de su cabeza una bandeja de plata

-me senté.

Ya para el quinto botellón de tequila
la dama se hizo lumbre y de una esquina
de esa esquina
donde la oscuridad guardaría mil lobos hambrientos
la esquina donde los hombres perecen antes de nacer
justo en esa esquina
donde hay matorrales espesos
jugos densos
justo ahí...

...donde clama con su boca diciendo
-el niño
ay de mí, ay de mí...

Confesé con los ojos la hermosura de aquella muchacha
y ella remetía con los ojos estocadas en mi lomo
sangraba como sangran los hombres en las batallas
así hasta que todo el mundo se hiciera
un loto rojo.

Si me toca Usted...
sí,
justo ahí...
donde los matorrales dejan sus hojas en mi boca ahí
ahí donde su jugo se hace agrio y horrible
ahí donde me ajusto
y cuando por fin entro
es mi falo que deja parte de su vida
con millones de vidas más
-así como si mi alma repitiese
semejándose al niño
ay de mí...
ay de mí...


A la dama muerta en mi cama.

Niña virgen y vulgar
asquerosa y nominal
como la verga de un animal
tan roja y natural.

Recibes
de mi cuerpo
esto que es mi cuerpo
de esta asquerosidad que es mi cuerpo
dice que alma tengo
dice que carne tengo
¡qué asco de mortal!
terrible andar de mi sombra en tu pie
y en mi cama escupes algo como tu sangre
y no es parte de mí
porque dejé ahí dentro
cuando mordías
cuando lamías
cuando sentías
mi eyacular romántico.

Ay de mi cuerpo
este verbo débil que es mi cuerpo
y asqueroso es mi cuerpo
y fracasado
y sombra y alma dice que tengo
ay de mi cuerpo...

Vestida con esa piel amoratada
abrigada con esos raspones de garra
adornada y justificada
porque entre las sábanas blancas te hallas
cuando te veo temblar
cuando veo
y digo:
Qué hermosa es la dama que duerme
entre su sangre y mi vómito
entre mi cerveza que es blanca
y sabe a espuma y baba
y justo ahí...
ahí mismo...
en ese túnel vulgar
mi nombre crece sin amar.

Destrocé
de tu seso su cobertura
y estalló por toda la pared
por todo el piso de parqué
por toda la sala de estar
una viscosa melaza rosa
y la grasa amarillenta y blanquecina
en mis fauces se vertían
lenta como ninguna.

Y de mi cuerpo
de esta atrocidad que es mi cuerpo
de esto que se dice mi cuerpo
que alma asienta que tiene
ay de mi cuerpo que sombra mantiene...

Sí, me quejaba cuando ahí estabas
fría y sola
fría y sola como tu alma entre mis dedos.



A la noche cuando hay hachís para corregir lo incorregible.