miércoles, 22 de julio de 2009

Veintidós (Instante cuatro)


Ella entra en mis venas de un modo perfecto, porque la imagino de una forma casi mágica, como una epidemia me va matando y me va formando como parte de ella, también me destruye si se le antoja, si se le ocurre, porque ella es como la heroína que en mí entra y me transforma.

A cada lado lleva dos hilos de seda, no es perfecta al ojo humano, pero cuando todos duermen ella se levanta como la estrella más elegante de todas, perfecta en mi mirada, porque la seda cae también sobre sus pechos delicados y vírgenes, besándome de otra manera, ella rompe mis húmeros y los envuelve en sus piernas, porque soy de ella y también lo son mis huesos.

Directas sus curvas de papel y plata, de plata porque la plata es como el cuervo de mis pesadillas y el papel es la base de todos mis poemas, y son mis manos las que escriben cada tarde sobre ella, sobre mi eterno papel de plata.

'Papel de plata' fue escrito para la Dama que suena como el tango cada una de mis noches.

Pacto entre caballeros de amanecidas a distancia.

A Cambalache, for sentimental reasons.

lunes, 20 de julio de 2009

El niño muerto



¿ves al niño muerto?... 

Dime mujer, que no fui yo el que lo mató, solamente porque mis manos están de rojo y el cuchillo de plata duerme a mis pies, no, mujer, dime que no lo imaginas siquiera, porque de mis fauces caen sus restos y a mis pies también el niño duerme, no fui yo, si eso quieres escuchar, no fui yo porque cuando llegué él ya estaba muerto, y muerto de hambre yo; mujer, dime que no lo consideras, yo que no soy capaz de tomar una pieza si tú no me lo permites, pero el hambre aterraba, y él, como dije, ya estaba muerto.

¿Ves mi espalda castigada?... 


Dime mujer, que fuiste tú la que me azotó, porque de tu mano cuelga el látigo de cuero y de metal, y también yo lo considero, no creo que otro sea capaz de mirarme, menos de tocarme, porque soy el hombre al que todos temen, de manera imposible se acercarían, imposible también porque mis piernas ya no quieren andar, menos si todos ellos duermen ahí. Él ya estaba muerto, ¡lo juro!

Yo veo una sombra patética, era tu hijo, también lo sabía al momento que su carne en mí entraba, lo supe desde el instante que gritaba tu nombre, porque sus gritos me despertaron, al acercarme fue tarde, tarde y callado lo encontré, acurrucado como un perro callejero a mitad de la cocina, destrozado y magullado.

¿Ves al niño muerto?... Mujer, te diré que yo también lo veo.