Ella se toca con mis manos cuando en el pensamiento se dibujan mil ideas del pasado. Ya no sé si recuerdo el sabor de sus besos, o es que ella me besó menos de la cuenta. Quizá en el verbo más ajustado a la palabra encuentre un detalle de irreverencia, quizá en una prima, el amor de sus pechos me regalen la ofrenda del número par.
La deseo como se desean algunas cosas, y es mi sexo el que penetrar su alma quiere, y llegar al goce máximo de los pubis, cuando en el brote de la locura los cabellos se hacen lazos y las espaldas acordeones. Sí, aún recuerdo esas cabalgatas sobre mi cama, cuando yo era un jinete infinito de orgasmos y ella, la recepcionista de todos mis sacrificios.
Culpables las canciones sin dueño que me cantabas, el tequila tan barato de tu excelente bar desafinado y un par de liendres de hachís. Tal vez todo junto hagan un tú y un yo desnudos, como en la tina la sangre y el agua se unen nosotros fundimos pieles, sexos, fluidos, calaveras y todo. Porque todo al final siempre resulta tan poco, y poco, siempre suele ser bastante. Dice la poesía más vulgar de todas, que la carne del niño muerto es la mejor de todas las carnes y, mejor aún si ese niño es el que te escribe asesinatos en cada espacio de tus caderas, como cuando peina la tierra el buey cansado, de la misma manera he dejado mi semilla en tu interior.
Ella se toca con mis manos cuando sobre la cama su entrepierna clama mi nombre, grita antes de correrse, exhala humo de hachís y sonríe asquerosamente. Ella, también come del niño muerto entre los aleteos de aquellas escorias de colores, chabacanos seres de forma irrazonable, síndromes de la causa injusta del gusano y mi falo.
