jueves, 18 de marzo de 2010

La soledad también se llama Carlota


Ella era la madre de todas las madres, en sus manos palidecidas las marcas del agua dormían y yo, en su ceno vivía. Adoraba la locura y la risa, los gestos pobres, a su niño muerto, adoraba las rosas rojas, lo verde, lo llano, lo blanco y lo negro. Ella era la vida, la inspiración después de la mía, era el canto que mi alma unicamente quería. Ella era el sol cuando la lluvia tenue nacía, era el mundo, su agua, la tierra, y en su tallo mis caricias crecían. Ha muerto la luz gritaban, ha muerto la vida, otra vez gritaban. Nací entre la noche y el amanecer, entre verde y marrón, nací con ella y ahora sin ella estoy. Un veintiséis, y no de otoño.

Ella era la madre de todas las madres, en sus pies las huellas del suelo dormían y yo, en su cuello pedía; su risa, su beso, sus manos y alegría. Amaba el campo, la mar, el grito y la harina, y yo, la veía desde abajo, tan grande y majestuosa, tan olvidada, y sufría. Entre la cantidad y la mesura, sus abrazos todos fueron míos, y curó mis heridas, y creció conmigo, y a mi lado su perdón se hizo eterno, sí, la amaba y ahora que sin ella estoy quisiera aprender a morir también, por ella. Que me dio la vida eterna, esa que dura menos de cien años, que me dio la risa eterna, esa que dura dos segundos, que me dio lo que más me dio, eso que dura para siempre y que se llama soledad, la más profunda y devastadora soledad.

Ella era la madre de todas las madres, en su vientre las huellas de sus hijos crecían y yo, como la fiebre en su interior me mecía, y crecí, y viví, y sentí su piel junto a la mía, en sus labios el beso profundo lamía, y gritaba, y gritaba, y gritaba y moría... Que murió sin mí en marzo, que se alejó, que se escapó, que desahuciada quedó, mi vida, mi alma, mi casa. Sus ojos tristes regaban como dos ríos sus laderas en cada mejilla, en su nariz colgaban las gotas tristes, los gritos viejos, la melancolía. Que me dejó lo sé, para siempre, y en su cajón hice bailar sus cabellos de alegría, y en su cajón la amé como jamás la había amado, en su cajón, su quietud inalcanzable me hizo temblar en agonía. La amé, por todos los momentos, la amé, porque de ella supe que la vida pesaba por su tristeza, y que la alegría era el pan de los pobres, y que siempre la amaría.

Ella era la madre de todas las madres, en su boca la gloria de todas las vidas tenía y yo, como el vivo más muerto de todos la dejaría, y morí, y morí, y con ella morí todos los días. Que me ha dejado lo sé, la peor de las agonías, que se a marchado lo sé, a donde se pierden las lejanías, y que yo, amablemente haré danzar sus cabellos, el Gran día.

Dedicado a la madre de todas las madres, que en su vientre me forjé como el mejor de los anillos, que en sus manos crecí como el mejor de los inmortales. A mi madre Carlota, que aprendí a amarle tanto como jamás la amé, luego de haberla perdido.

4 comentarios:

  1. Yo también perdí a la mía hace poco más de un año y aun habiéndola amado en vida, nunca la eché tanto de menos como ahora, que sé que ya no volveré a verla jamás. Estupenda prosa henchida de sentimiento, esta tuya. Un beso y agradecer tu visita y comentario.

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  2. Mayte, que nos esperan dicen, mas no lo sé con exactitud. Gracias a ti también por pasar por aquí. Que el hoyo se haga cada vez menos grande, tal vez. Saludos. Y gracias nuevamente.

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  3. Me ha dejado Usted sin palabras, boquiabierto y ciertamente más frío.
    Debe ser lo mejor que he leído desde hace mucho tiempo, ha logrado atrapar el sentimiento que mata poco a poco, y que sin embargo ha de mantenernos vivos...
    Un abrazo con todo mi respeto.

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  4. Mi estimado GatoPardo, siempre Usted tan amable, tan dule, tan eterno. Que la vida sea la única puta que ha de mantenernos en risas y que no nos combinen con alegrías y, que todas las tristezas, ya no sean mías. Ni de Usted.
    Un saludo y un abrazo, gracias por aún, estar aquí.

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